Aunque no pretendo convertir mi blog, en un espacio 100% literario, quería compartirles mi última lectura, porque todavía sigo pensando en los personajes.
Falsa liebre es una novela que terminé hace días, pero que no he terminado de leer. Algunos personajes —especialmente los secundarios— regresan como una incomodidad persistente, casi como mitos o leyendas que se resisten a desaparecer. La historia se construye desde cuatro perspectivas, articuladas en dos hilos narrativos —Pachi/Vinicio y Andrik/Zahir— que se entrelazan no solo entre sí, sino a través de personajes secundarios y del entorno de la ciudad costera que los contiene. Más que cruzarse por casualidad, sus vidas se conectan por una misma dinámica social: la violencia como lenguaje cotidiano.
Fernanda Melchor retrata un mundo donde el machismo y la violencia están completamente normalizados. La amistad y la intimidad entre los hombres son pasivo-agresivas, atravesadas por una masculinidad tóxica que solo sabe relacionarse desde la dominación, la humillación y el control.
Andrik encarna la aceptación absoluta del abandono: asume el maltrato físico, emocional y sexual porque es el único lenguaje afectivo que conoce.
Vinicio, en cambio, reprime el duelo por la muerte de su padre y la pérdida de Aurelia, incapaz de permitirse la vulnerabilidad que su padre le negó desde la infancia.
Pachi reproduce el machismo desde la dominación doméstica: desprecia a su esposa, anhela un hijo varón y se sostiene en un sistema que siempre devuelve a las mujeres al lugar que “eligieron”.
Las mujeres, como ocurre en gran parte de la obra de Melchor, existen más como proyecciones que como sujetos autónomos: cuerpos deseados, recuerdos fragmentados, rumores que circulan por la ciudad. Aurelia es el ejemplo más inquietante de esto: una presencia constante que nunca termina de materializarse del todo, definida únicamente por las miradas masculinas que la evocan.
Zahir es quien ejerce la violencia final, pero no desde el poder, sino desde la carencia. Su obsesión por Andrik no es solo fraterna: es afectiva, amorosa y desesperada. La relación homoerótica entre ambos no representa una vía de escape ni de redención; tampoco ofrece un afuera posible.
El regreso al punto de origen desmantela cualquier ilusión de huida. En Falsa liebre, nadie escapa realmente: solo se desplaza para volver al mismo lugar.

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